Se despertó de la siesta sin saber muy bien dónde estaba. La bordeadora del vecino hizo que se ubicara en tiempo y espacio. Sábado cuatro de la tarde. Entonces, había dejado de llover. Lo puteó entre murmullos.
Ante el primer indicio de movimiento, el perro se levantó desperezándose. El tintineo de la hebilla del collar le fue anunciando, paso a paso, la aproximación de su compañero al costado de la cama hasta sentir el hocico húmedo empujando insistentemente su antebrazo, exigiéndole un par de caricias.
Se incorporó con lentitud. Primero apoyó el pie derecho y, parsimoniosamente, después el izquierdo. Quedó unos largos segundos con las palmas de las manos apoyadas en sus rodillas, los dedos vueltos hacia adentro como mirándose. Y, otra vez, el recuerdo insoslayable de cada día.
Pensó en el mar y en las olas que, aunque no las vea, siguen incansables, moviéndose y sonando. A veces con violencia, avanzando y retirándose para volver con más fuerza, rompiendo contra las piedras; otras con un ritmo acompasado y placentero que invita a quedarse. Pero siempre ahí, despiertos o soñando.
Pensó, también, en ella.
Salió del ensimismamiento sintiendo la lengua del perro que le lamía las manos y se refregaba contra sus piernas solicitando atención. Le acarició la oreja izquierda, pasando por la cabeza hasta llegar al lomo. El perro se sacudió. Algunos pelos saltaron de su cuerpo y cayeron como en paracaídas, brillando en el haz de luz que entraba por la ventana. La cola se movía como un péndulo. Se puso de pie y, sin necesidad de llamarlo, fueron a hacer el mate.