miércoles, 17 de abril de 2019

"Creo en esas tardes que viví jugando a la pelota..."


El barrio. La pelota. La pelopincho en el piso de cemento sin baldosas. “¡No vale atajar con las manos!”. El timbre a la hora de la siesta que hacia putear a nuestros viejos. Los buzos y cascotes que conformaban los arcos. Las motos y los autos que hacían de árbitros sin silbato. Nosotros mirándolos de mala manera al pasar y provocando tirando un pelotazo al que había quedado del otro lado de la vereda por encima del auto. Éramos los dueños de la calle. “Vamos a tu calle que pasan menos autos”. La Chacabuco era Castrilli; la Pablo Lorentz era Lamolina. Siga, siga. Y el Santa Teresita era nuestro. Si la convocatoria era más amplia, a la cancha del colegio Don Bosco. Nuestro estadio; el que nos vio salir campeones de un torneo interbarrial, por penales a los chicos del barrio América. Profetas en nuestra tierra nos fuimos corridos por los cascotes (y nosotros que los usábamos para armar arcos…). Pero teníamos el orgullo, y el trofeo.

En cambio, si éramos pocos, la juntada era en la esquina de lo de Esther. “Gol entra” o “Veinticinco” … “¡Palo salva y no vale a fundir!”. Anécdotas. Risas. Discusiones y enojos. La pelota a la casa del vecino, ¿y quién la busca? Ese pelotazo cruzado, rastrero, golazo contra el palo que recorrió toda la calle y terminó haciendo caer un hombre en moto que pasaba por la esquina. Partido suspendido por falta de garantías, y de jugadores. Cada uno corrió para su casa, o para donde cuadrara. Secreto que implícitamente juramos mantener todos los que estábamos presentes, y se está rompiendo en este momento. Nunca supimos que pasó con el tipo, ni con la moto, ni con lo más importante; la única imprescindible, por la que se había formado el grupo, por la que éramos dueños del barrio y nos habíamos apropiado de esas dos calles: la pelota.

Dicen que el barrio, como tal, como lo recordamos en nuestra infancia, deja de existir cuando alguno de los integrantes se va. Eso no pasó. Todos fuimos creciendo y aparentemente nos daba un poco de vergüenza seguir jugando en la calle. O nos daba vergüenza que las chicas pasaran y nos vieran jugando a la pelota en la calle. Comenzaron las salidas con otros amigos y de a poco se fue apagando.
Creo, en realidad, que ese día que la dejamos, que nos desentendimos y cada uno salió corriendo a su casa sin siquiera pensar en buscarla, ella fue la que comenzó a abandonarnos.

Hoy que el barrio ya no es nuestro, que los partidos pasan por otro lado y el día a día se lleva adelante con más garra que buen juego, que ya no frecuentamos nuestro estadio de tierra y nos subimos al de cemento a pelearla, desearíamos poder volver a esos picados, sin off side y sin VAR, a tirar paredes con esos amigos, y a definir cruzado, rastrero, golazo. Sin nadie que pase en moto por la esquina y que la pelota se quede con nosotros. Que la vamos a cuidar, te lo prometo.

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