jueves, 7 de mayo de 2015

"El partido más importante de mi vida"

La frase que me repetía ese sábado Esteban, mientras me reprochaba que no me hiciera un tiempo o pidiera un día en el laburo para ir hasta Franck al día siguiente a ver la primera de las dos finales. Y aunque la 'charla' era por Whatsapp, yo sabía que lo escribía con ansiedad, y seguro andaría a los saltos por toda la casa, cagada a pedo mediante de mi viejo, mi vieja y hasta de Vero.
Ya pasaron once días de ese domingo en el cual para casi todo el país no hubo fútbol, salvo para nosotros, esa parte de la ciudad malacostumbrada a tropiezos y frustraciones en los últimos años, pero que supo llevar el nombre de la ciudad a lo más alto a nivel nacional.
Desde La Plata a ese pueblito cercano a Santa Fe -que alguna vez supimos conocer para visitar a no se qué familiar, al que obviamente no recuerdo, pero seguramente hacía fuerza por ellos- conectados por la eterna magia de la radio, que nos alimentaba la ilusión y nos llenaba el corazón con el grito de gol a todos los que no estábamos presentes en la cancha, ese golazo de Nazareno que miré y que seguro miraron todos una y otra vez los días sucesivos al partido.
El sábado pasado me halló con sentimientos encontrados, por un lado la ansiedad, nervios y felicidad de estar tan cerca del ascenso, por el otro la amargura y la desazón de no poder estar esa noche en el Plazaola.
Martín y Esteban se fueron temprano y embanderados para hacer la previa con los pibes. Ahora eran dos los que andaban a los saltos por toda la casa. Mi viejo salió unas horas más tarde para el club, y aunque pretendía mostrarse tranquilo, internamente también estaría a los saltos con mis dos hermanos. La procesión va por dentro, dicen...
Miré otros partidos de primera, como si me importaran, para pasar el tiempo. Se iba haciendo la hora: a partir de las ocho y media escuché todos los goles de cada uno de los partidos que repasaron en la previa; Vero escuchaba y conmigo, y Manu, que ya me venía aguantando con la pierna operada -y que lo siguió haciendo varios días más-, también me hacía el aguante con el Decano. De alguna forma estábamos presente en el trapo que habíamos hecho temporadas pasadas y que mis hermanos se encargarían de colgar en el alambrado del mítico Plazaola.
Me invadió la felicidad y un poco la envidia al escuchar la salida del equipo y el posterior comentario del relator sobre esa fiesta que hace mucho no se veía en una cancha de Concepción, y no poder ser parte, o al menos verla.
Emi y Marga alentaban desde La Plata; mi vieja además de querer vernos felices a nosotros, también habrá pensado en Damasito y Chichuna. Ellos, que partido tras partido buscaban a los jugadores en sus respectivas casas, los llevaban a jugar y después del partido los volvían a dejar en sus casas, ahora estuvieron presente en cada viaje, a los de acá cerca como Basavilbaso y Villaguay, como también a Paso de los Libres, San Cristobal y el último a Franck.
Me contaron que en la previa estuvo Santuli, alcanzándole agua a los jugadores en la entrada en calor, siempre sonriente, siempre feliz.
También estaba Pino en la cantina dando una mano y seguro metido en la parrilla.
El Fefo se tiró de palomita con Conrado para poner el 1-0 y desatar la fiesta y después se fue a sentar a Su lugar en la platea .
Mario ayudó desde arriba pero cuando vio que las cosas venían bien, pidió permiso y se fue para el sur que tenía otro compromiso que atender.
Algunos vieron al Lando Sosa dando indicaciones al costado de la línea de cal junto con el Tonga y Omar.
Pocho, jugador, DT y presidente, dejó todo listo y apenas pasadas las nueve, se metió a la cancha, con la casaca a bastones azules y blancos, a pedirle a Padilla que tire un caño acá y otro allá, que sea el dueño de la pelota y tire un centro de tres dedos, que él ya se había encargado de hablar con Besel y Gonzalez para que corran todas las pelotas y metan las que le queden; le exigió a Nazareno que con un golazo no alcanzaba, que intente otro más para ponerle la frutilla al postre.
Les contó a los más chicos y a los que vinieron de afuera la historia del Club Atletico Uruguay y el por qué del escudo del colegio, y les rogó que inflen el pecho y lleven esos dos escudos lo más alto que puedan.
Le agradeció a Mauri por volver y a Rubén por quedarse, y por su amor a la camiseta.
Al Leo, que tantas veces habrá dado historia escrita por otros, le dijo que era momento, que le tocaba escribirla y contarla en primera persona.
A Kinder, a Omar y al Tonga prefirió no decirles nada. No hacía falta. Entendían todo.
Salió, se sentó en la platea y lo vio a Picasso que estaba con la radio en el oído parado al borde del alambrado. Éste levantó una mano en forma de saludo y le gritó: "El deca va... EL DECA VA A VOLVER!!!"
Simón Luciano Plazaola miraba todo desde arriba, feliz de que su casa se vista de fiesta...



martes, 30 de diciembre de 2014

Superclásico -28/11/2014-

El primer partido que recuerdo contra ellos, lo vi con mi viejo, mi hermano Martín y mi tío Tito, en la esquina donde actualmente funciona Bartolo, donde estuvo ShowSport y también CoKey. Faltaban nueve días para que cumpliera seis años, ese 14 de Julio de 1996; Caniggia, el bautizado "hijo del viento" por Víctor Hugo, el que FUE nuestro, ese día se convirtió en ídolo de ellos. Era la primera vez que veía un superclásico por la tele, faltaban trece años para que apareciera el Fútbol Para Todos, y el famoso y codiciado "decodificador" no era fácil de conseguir en pleno menemismo y "Uno a Uno". Ese día tomamos coca en botella de vidrio y nos trajeron un platito con maníes.
Pasó 1997, el histórico 3-3 con gol de Ayala y que podría haber sido triunfo en el pie del Pipa Gancedo, quedará en la historia de los Superclásicos.Pesimismo mediante, me acuerdo más de qué estaba haciendo en las malas que en las buenas: en Abril del '98 pasamos Semana Santa en Ranelagh. Entusiasmo y exaltación con Martín Ignacio Herlax por visitar -y más que nada jugar a la pelota- con Leandro y Juan Fernando.
El Malevo se comió la cancha (el patio) ese fin de semana largo, corrió a todos hasta el final y se quedó con la redonda siempre. Nada de Ferreyra. Malevo era uno de los dos ovejeros que custodiaban la casa.
Pero ese domingo de nuevo nos cruzábamos con ellos; Solari los madrugaba mientras nosotros viajábamos rumbo a La Plata a los bocinazos, a visitar a Charo y a Buyi -ya que viajábamos había que aprovechar para hacer TODO en 4 días-.
Salas erró el penal y todo se dio vuelta, Caniggia otra vez se olvidó de sus orígenes.
Después vino el año del gol de Palermo que se tira contra los carteles, y más tarde los golazos de Aimar y JP Ángel para hacer delirar al Monumental. Ese día volvíamos de Gualeguaychú y el Ford Escort color bordó no cabía en sí de la euforia que transmitía el Uruguayo que mejor relata en la Argentina, por Radio Continental. Los mellizos tenían apenas seis meses y, semanas más tarde, Esteban se aguantaría casi dos horas con el pañal sucio "por cábala", el día que salíamos campeón empatando 2-2 contra el Ciclón con dos goles de Saviola. Un vecino de San Lorenzo pasaba por la calle y yo tenía muchas ganas de gritarle mi bronca y alegría contenidas, sobretodo por su objetivo de querer ahogarnos el campeonato.
El principio del Siglo XXI no fue de lo mejor; rescato el momento en que mi viejo pasó parte del primer tiempo y todo el segundo escuchando el partido por radio dentro del baño porque Cambiasso la empujó a la red justo en el momento en que las necesidades lo apretaban.
Sucedieron muchas cosas más a lo largo de una década. Nos dejaron de mostrar "la radio que se ve" y el Muñeco y Palermo se repartieron goles en los primeros partidos que pudimos ver todos. Doce años después, acá estoy, escribiendo esto que se me ocurre espontánemente después uno de los momentos de mayor éxtasis que alcancé en mi vida, con la droga que es River.



jueves, 22 de mayo de 2014

Las cosas importantes

El domingo, horas antes del partido, Martín recordaba cuando mi viejo nos retaba, o corregía, porque rezábamos por River. Convengamos que por esos años en que festejábamos a menudo y ya nos parecía hasta aburrido ir a la plaza, el tema era un tanto banal para pedirle a los santos, hay que reconocerlo.
Pero pensándolo diez o doce años más tarde, con una ausencia importante de campeonatos y sobre todo de domingos de misa, se me ocurren un par de cosas respecto al "¡Pero, herrrmano! No se le pide a Dios por esas cosas" que nos largaba el Vasco en esas casi tres cuadras que nos separaban desde Santa Teresita hasta casa.
La primera: ¿Habrá tenido algo que ver en esta sequía y los malos momentos que pasamos, el haber dejado de pedir por River? De ser así, papá, sos tan responsable como Aguilar y Passarella...
La Segunda: ¿Será un castigo por haberle escapado a las misas una vez tomada la 'Confirmación' y volver sólo para ocasiones especiales -léase casamiento; bautismos; misas de 15;etc-? Si fuese por esta razón, me responsabilizo en cierta medida, pero les otorgo más culpa a algunas personas que hicieron que me alejara de la iglesia, y más que nada al horario: SÁBADO 10 AM; huía aliviado y apurado, pues minutos más tarde salía para el club que teníamos partido.
Tercera: ¿Realmente papá creía que no era un tema como para pedir? ¿O sólo intentaba inculcarnos que hay cosas más importantes que el fútbol, pero en el fondo el también deseaba lo mismo que nosotros? Sabemos que es así, pero no me vas a negar que un triunfo no te cambia el ánimo en esos domingos de tardecita que son la personificación de la tristeza, o incluso te hacen arrancar y transitar la semana de una manera diferente. Y una derrota todo lo contrario. Acentúa la sensación nostálgica de esos domingos y el lunes no tenés ni ganas de hablar, leer, escuchar ni ver nada relacionado al fútbol.
Cuarta, y la más importante: ¿Qué es peor? ¿Molestar a Dios con un pedido de ese estilo, o tener a un nene de nueve meses si cambiarlo durante sesenta minutos por cábala, en la habitación de arriba, con el calor de un 19 de Diciembre? En este caso, ¿la culpa es de Esteban, que tuvo que hacer sus necesidades minutos después que Pereyra cabeceaba para darnos el primer gol que nos encaminaba al campeonato, contra San Lorenzo? Pudo haberlo cambiado en el entretiempo, sí, pero no lo hizo, y al inicio del segundo tiempo, Saviola metía el 2-0 de penal y era goleador del torneo.... Creer o reventar. Al final nos empató Romeo, pero ya poco importaba, y nos fuimos a la plaza a festejar, otra vez campeones y le cortábamos el tricampeonato a los bosteros (previamente Esteban fue higienizado).
¿Es más ilógico ese pedido insignificante basado en la fe y la esperanza de sentirse escuchado, que pasarse casi todo un partido encerrado en el baño, sin moverse, con la radio a pilas pegada al oído, porque a casi 400 km de distancia a Cambiasso se le ocurrió empujarla al gol justo en ese momento y después apareció el Chacho y, ya llegando a la culminación del partido, la eternamente recordada vaselina de Rojas, y vos seguías ahí sentado? ¿O no despegarse del televisor mientras el Bambino Pons te contaba -y cantaba- lo que pasaba en la cancha y vos sólo veías lo que cientos de monos hacían en la tribuna, porque hubo gol de River y "No te vayas a mover de ahí. CÁBALA"?
Entonces, más de una década después y repasando todo lo acontecido, llego a dos conclusiones: una, que con Martín no estábamos equivocados, que no cometíamos ningún pecado haciendo esa oratoria, repitiéndola cada domingo aunque papá ya nos había advertido que a Dios se le pedía por cosas más importante como la salud, que los familiares anden bien y esas cosas que ya todos sabemos. La otra, que la Marga, gracias a su agnosticismo religioso y futbolístico, es totalmente inocente de todo esto.
Retomando lo anterior, en gran parte, lo que estábamos pidiendo era FELICIDAD, ¿no? Así que más que correcto lo nuestro, Martín, quedate tranquilo...
En síntesis, todas estas líneas son para tratar de justificar algo que para muchos no tiene justificación y para otros no tiene sentido; para nosotros sí.
Hace rato que no voy a misa a rezar por River ni por cosas importantes, pero los familiares andan bien, y salud....¡SALUD CAMPEÓN!



martes, 13 de mayo de 2014

Mundial



Encontré esta foto intentando mandar por mail un archivo de la facultad que, por exceder la capacidad máxima que permite el servidor de e-mail, me redireccionó a otra aplicación que depende del mismo para poder compartirlo en línea y que luego el destinatario del mail lo descargue en su computadora. 
Justo hoy casualmente, que empieza la fiebre mundial después que Sabella dio la lista (de 30) y los indignados pudieron oficializar su indignación y consecuente repudio hacia el DT por la no convocación de Tevez y sí la de Mercado o Di Santo.
Hace casi 8 años, precisamente el 16/6/2006 buscábamos cualquier excusa para poder retirarnos antes de la escuela -casi no era necesario buscarlas porque algunos profesores nos facilitaban mucho faltando- y el mundial era una razón más que válida para irnos antes o incluso faltar. 
Llegábamos con la ilusión que genera siempre un evento de este tipo y parecía que Pekerman, con su calma y la base de jugadores que ya habían sido dirigidos por él y campeones muchos años antes en mundiales juveniles, había encontrado el equipo. Éramos nuevamente candidatos, a pesar de lo que nos había pasado en el mundial anterior. 
Ese día jugábamos contra Serbia y Montenegro, ya no era la Yugoslavia -en realidad sí, pero con otro nombre- de Mihajlovic, Kovacevic, Mijatovic, Stankovic y tantos otros terminados en vic que conocíamos del mundial 98 pero sobretodo de los videojuegos y particularmente me llamaron la atención por sus nombres.
Pero más allá de eso, fue distinto para nosotros, los que estamos ahí posando, congelados en la imágen y en el tiempo, como si el mismo nunca fuera a pasar, o como si no nos importara que eso pase.
Teníamos entre 15 y 16 años y, además de muchas cosas que empezábamos a hacer por primera vez, también era la primera vez que teníamos la oportunidad de ver un Mundial todos juntos. Y no era para menos, hacía cuatro años, un poco por edad, otro poco por lo ilógico de los horarios en que jugó la Selección, y más que nada por lo poco que duró su participación, no habíamos tenido la chance de juntarnos a verla, ni de salir antes de la escuela, ni mucho menos faltar.
Y faltarían otros cuatro para poder ver otro; y cuatro años es mucho, sobre todo en esa época en que vivíamos el día a día sin más responsabilidades que ir a la escuela, a entrenar y no mandarnos ninguna cagada que genere un castigo que no nos deje juntarnos con los chicos.
Anecdótico es que el resultado fue 6-0 para Argentina, seguimos avanzando en el mundial. Se había transformado en una especie de cábala juntarnos en lo de Nacho a ver los partidos, cuestión aparte que era en la única casa donde se bancaban a todos nosotros insoportables.
Contra Mexico no pude ir por una conjuntivitis que me tuvo varios días a maltraer y, al igual que el mundial, me permitió faltar a la escuela, pero el justificativo no era tan agradable. Igual sin una pata la cábala siguió funcionando.
Contra Alemania volvimos a estar todos. Sufrimos. Gritamos el gol de Ayala. Lo vimos a Messi empacado en el banco. Nos generó dudas la salida de Abbondanzzieri y el ingreso de Franco. Nos amargamos con el gol de Klose. Y escuchamos con tristeza la piña de Juan a la pared, encerrado en el pasillo con la radio en el oído adelantándonos lo que unas milésimas de segundo después veríamos proyectado en el televisor. Lehmann le atajaba el penal a Cambiasso.
Otra vez afuera. Cada uno a su casa. El mundial ya no tenía importancia y a algunos, sólo nos quedó el consuelo de alentar por el buen fútbol de Zidane, deseando que termine su carrera triunfando contra el catenaccio italiano. Eso tampoco pasó.
Cuatro años más tarde la realidad de cada uno de los nueve integrantes de la foto era distinta, pero la ilusión era la misma. Otra vez pasamos la primera ronda y en octavos de final jugamos con Mexico, esta vez no tuve conjuntivitis y me encontraba en mi segundo año en La Plata. Le ganamos a la selección tricolor y se vino otra vez el fantasma de Alemania. Esta vez no hizo falta sufrir. De entrada, con un cabezazo nos arruinaron la ilusión de ser campeones de la mano del Diego y, no contentos con eso, nos hicieron 3 más. 
Ese día me dije que no volvería a hacerme falsas ilusiones con la Selección. Quiero decir que no cumplí.
Pasaron casi 8 años de ese día que Messi hizo su primer y único gol en un mundial y casi 4 del día que me prometí eso. 
Serbia y Montenegro ahora son Serbia y Montenegro, parece que dije lo mismo pero no.
Los de la foto, que en ese entonces nos veíamos casi todos los días, ya no nos vemos casi nunca, aunque con algunos cuando las obligaciones de cada uno nos dejan y nos vemos, pareciera que eso no cambiara nada. 
Ya que no se puede volver el tiempo atrás y, como dijo Sacheri: "la culpa de todo la tiene el tiempo", sé que no voy a poder ir a lo de Nacho a ver el partido con él, Pedro, Agus, Sergio, Juan, Paulo, Martín y Tima; en una de esas, y como no esta el Diego -ni Zidane para consolarnos-, espero que esta vez Juan con su radio me avisen que de la mano de Messi "volveremo' a ser campeones como en el ochentaisei'".




viernes, 13 de diciembre de 2013

Memorias de tricampeones

El 13|12|1997 cayó sábado. Hacía calor como hace hoy, 16 años después. Ese día pasamos la tarde en el Tiro Federal de la ciudad (cosa que nunca se repitió por obvias razones de transporte y de manejo de chicos que generaban una psicosis paterna de que algún tirador podía confundir un plato con un menor)
Festejábamos el cumpleaños de Martín, sus primeros 10 años; éramos solo cinco, los mellis aún no estaban, yo tenía 7 y Emi sólo 2 y unos rulos que parecían los espirales plásticos de los cuadernillos. También estaba, infaltable, Leandro.
El mayor y yo, vestíamos íntegramente de River, una camiseta muy ganadora con tres bandas rojas en cada manga y el escudo estampado por todas partes en la camiseta en forma de sello de agua. Y la banda roja, claramente.
Ramón Díaz transitaba su primera experiencia como DT y se convertía en el más ganador de la historia del club. Ortega, Gallardo y Almeyda todavía eran sub 23, Solari surcaba la banda izquierda, Salas empezaba a convertirse en ídolo, y el Enzo nos daría, nueve días más tarde, el torneo Apertura del 97 y consecuentemente el (tercer) tricampeonato.
Éramos inocentes y felices (que no quiere decir que hayamos dejado de serlo), y la preocupación pasaba por ganarle a la otra división en los partidos de los lunes y los miércoles en educación física, y que llegue el sábado para ir a Parque o donde toque jugar de visitante.

En el 2006, la situación era distinta. No sólo habían pasado nueve años. Los mellis ahora sí estaban y ya tenían siete. Martín cumplía 19 y terminaba su primer año facultativo (no sólo heredó el nombre del padre). Emi terminaba la primaria y con los rulos ya no podían hacerse cuadernillos; y yo terminaba tercer año y formaba un gran grupo de amigos, los cuales -por suerte- aún conservo. Y River no era ese equipo de galera y bastón de una década atrás..
Ese 13 de diciembre cayó miércoles, aunque para algunos fue un gran MARTES 13.
Los primos jugaban una final contra el Estudiantes de Verón, en cancha de Vélez, luego de dejarse alcanzar en las últimas fechas de la mano de Lavolpe (Dios te tenga en la gloria Ricardo).
Recuerdo algún amigo de mi hermano aparecerse con los incombinables colores que representa su camiseta, Altanero, dando por hecho que eran campeones (no solo eso, dicho torneo los consagraba por primera vez en su historia como tricampeones).
En esa época todavía no existía el FPT y había que mirar las tribunas y esperar alguna avalancha o que el Bambino Pons inventara algún cantito para festejar un gol.
El resultado es el que ya todos conocemos.

Pero me fui de tema, sólo por intentar describir dos de los cumpleaños más recordados de mi hermano mayor.
El hecho puntual es que Hoy es el cumpleaños de Martín Ignacio.
Martincito en Sarandi y zonas aledañas por razones de herencia, tamaño y diferenciación.
Cuino para papá, la razón de ese apodo no lo sé -y no creo que tampoco el Vasco la sepa-.
Por evidentes razones anatómicas, Cabezón para los amigos; o también Paco, por un juego de palabras con el apellido que no quedaría bien escribir en esta ocasión.
Finalmente, y haciendo alusión al segundo nombre y al origen de nuestro apellido, Iñaki, para la abuela Queca, tan recordada y presente en estos días, como en los demás.
Aunque ahora también le dicen Ignacio, por cuestiones laborales para diferenciarlo de papá.
Todo esto de los apodos y diminutivos hubiese sido mucho más sencillo si a mi viejo no se le hubiera ocurrido ponerle su primer nombre a su primer hijo; y su segundo nombre al segundo (e inútil, para mí) nombre del segundo hijo. Me refiero inútil al uso del segundo nombre y no al hijo, claro está.
Pero para mí con que nombren a Martín ya me alcanza para saber que es él.
Compañero de viaje hasta en bici para ir a la colonia de Parque, de varios partidos con los Heis y demás, cuando la Chacabuco y la Pablo Lorentz no eran tan transitada; algún torneo ganado por penales contra los inocentes chicos del barrio 30 de octubre, y culpable de varios enojos y peleas que fueron disminuyendo a medida que mi físico crecía.
Hoy cumplís 26, no peleamos ni vamos en bici a la colonia y  en la calle ya no jugamos, pero algún que otro fútbol 5 sí.
Felíz cumpleaños Martín, Martincito, Cuino, Cabezón, Paco, Ignacio, Iñaki, etc.
Un abrazo grande

TRICAMPEÓN HAY UNO SÓLO


viernes, 13 de septiembre de 2013

Miradas de TÍA

Hace ya casi tres meses, para su cumpleaños, escribí algo para ella, terminando el relato con el pedido de uno más de los tantos cuentos con los que me atrapaba en mi infancia, los fines de semana de visita en Gualeguaychú.




Como siempre, la tía cumplió. Acá va...




"Había una vez..."
"En algún lugar lejano..."
Así comenzaban  generalmente mis cuentos a ese puñado de sobrinos .Muchas veces, y en distintos
escenarios... etapas.. a un grupo o a uno de ellos, para llamar al sueño, o apagar ruidos nocturnos que infundían temor.-
Siempre estaba el aporte maravilloso de su imaginación.
Todos han crecido. Algunos hacen cuentos a sus hijos, otros con el tiempo la harán.
Uno de ellos, hombre ya,  me ha dicho: "Vos que sos buena, contame un cuento..."
    
¿Negarme? No puedo, aunque se haya opacado la magia de hace veinte y tantos años, porque la tía también ha vivido,  recurriré  a los duendes que me pueblan...ellos me ayudarán.-

Ese hombrecito, llegó  un invierno, y después de soportar operaciones de píloro y hernias, fue un bebote tierno... de pocas sonrisas, remolón para caminar, y  grandes  enojos con su hermano  cuando no se hacían las cosas según sus deseos.- 

Al crecer: CURIOSO!! Preguntas...preguntas. Pero no tonterías. Atento al decir de los mayores, se interesaba por todo.
Pequeño aún, manifestó su gusto por el fútbol, estimulado quizás por su papá.
Cualquier sitio era una cancha...patio de la abuela..plaza...playa..parque.

Por un tiempo, su sueño fue ser arquero, y exigente, pidió  guantes y camiseta reglamentarias. Y allí marchamos a  Las Tres Jotas"", Que papelón!  la remera era ENORME pero estaba tan feliz! quería deslumbrar, a sus contrarios.Alguna vez, con Martincito, se acoplaba Sabina, y  ante resultados adversos, descalificaba  el talento femenino, diciéndole" No te hagas la Chilavert"(creo que era un arquero famoso)

Otras de las cosas que disfrutaba, era venir a Gualeguaychú, cuando Leandro estaba de visitas. Que compinches eran! (creo que aún lo son)

Observador..debíamos cuidar tema y modos de expresión, pues se tomaba la licencia de llamarnos la atención, ante algún comentario..Qué tal!!

Anécdotas habría muchas, y todas son una caricia  para el alma.

Inexorable el tiempo ha transcurrido, para mi un tanto rápido, de pronto esa chiquilandia  sorprende con otras vivencia hermosas... por eso.. colorín, colorado, este cuento NO ha terminado.. 
MATIAS, hoy proyecta casas, edificios y SU VIDA.. porque  él ,es el chico que estudia Arquitectura...

miércoles, 19 de junio de 2013

Vos que sos buena...

Me traslado a Gualeguaychú. Varios años atrás. Cuando ya éramos cinco pero todos más chicos y la preocupación era llegar temprano a la escuela, que papá no se olvide de ir a buscarnos y alguna cosa más seguro relacionada con el fútbol y River.
Épocas en las que íbamos 2 fines de semanas al mes seguro a la casa de la abuela; previos armado de bolsos, gritos de mamá pidiendo colaboraración, el agua del mate que se hierve y papá sentado en el auto quejándose de "cómo tardan..." y la repetida frase: "...vos porque venís y te sentás nomás. Hay que aprontar la ropa de los gurises y las cosas que vamos a llevar" entre otras justificaciones/reclamos.
La hora de salida pactada los viernes a la noche al comunicarse con Gualeguaychú, generalmente eran las 9AM... Lógicamente la salida se producía alrededor de las 10.30 con alguna vuelta a buscar algo olvidado se transformaba en 10.45 o 10.50. Si te olvidabas el cepillo no pasaba nada, allá en Gualeguaychú había un arsenal de todas formas, colores y tamaños, cerda dura y blanda para elegir, y seguramente ya tenías el tuyo propio de alguna vez pasada que ya te habías olvidado de llevar uno. Un ratito a hervir y listo.
Pasábamos el peaje y yo sabía que habia que calcular el doble y un poquito más para llegar. Doblábamos por el acceso Sur, cruzábamos el Gualeyán y me quedaba mirando a los pescadores; nunca pude entender qué los motivaba a estar ahí sentados, hasta días de mucho frío o calor. Yo lo veía extremadamente aburrido.
Entrábamos a la Primera Junta, con las palmeras características, nos frenaban algunos semáforos, o con suerte los enganchábamos en verde y ahí calculaba, después de "Delikatessen", la siguiente a la izquierda y otra vez a la izquierda y ahí estaban las tres en la puerta del zaguán, la abuela, la tía Estela y la tía Rosa.
Es un buen momento para plantear una duda que todavía tengo. Si papá el día anterior les había dicho que salíamos a las 9 y finalmente salimos 2 horas después. ¿Cómo es que estaban ahí cuando doblábamos por Neyra? ¿Se pasaron 1 hora 45 estaqueadas? ¿O tenían una intuición mágica que las hacía salir instantes antes de nuestra llegada?

Volviendo al tema, hoy sólo me voy a LA tía de todos los sobrinos. Sin desmerecer a la tía Estela -que nos hace extrañar sus comidas cada vez que probamos alguna de sus comidas características y las comparamos con las de ella- ni a todas las demás.
Pero hoy le toca a la tía/mamá, la que nos compraba la revista Genios y la mandaba a Concepción todas las semanas; infaltable en todos los cumpleaños  que nos llevaba a lo del Ruso a comprar caramelos. La que nos tenía expectantes con sus cuentos inventados en el momento y a la marcha de lo que nos contaba, y que variaban si nosotros le pedíamos algún cambio de dirección en el nudo o en el final y ella soltaba su imaginación hasta que de repente ya era el otro día, y ella misma nos daba el desayuno con galleta suiza fresca, algún dulce casero y nos preparaba la leche generalmente muy caliente, mientras la abuela leía el diario. Casi siempre escuchaba la parte de los comentarios sobre los aparecidos en los fúnebres, costumbre no muy grata hoy apropiada por papá. Debe haber sido que a la hora que nos levantábamos, ya estaban en el final de la lectura.
A media mañana, cuando el sol empezaba tímidamente a hacerse sentir, los días fríos como hoy,  íbamos a la plaza o al parque. Allá donde hay estatuas de perros y, Martín se paraba en el área, esperaba mi centro desde la izquierda, y la tía agazapada bajo los 3 palos que en realidad eran adoquines o nuestros buzos.
Sí, ¡Envidienme señores!. Yo tengo una tía que juega de arquero, de 9 o de wing derecho según la circunstancia lo amerite y el planteo del equipo lo necesite.
Hoy es el cumpleaños de esa jugadora de toda la cancha, los cuentos que ella empezó a contarnos a cada sobrino, hoy tienen dieciséis nudos diferentes, pero todos la tienen a ella bien cerca de protagonista.
Felíz cumple tía! 
Vos que sos buena...¿Me contás un cuento de un chico que estudia arquitectura?




viernes, 19 de octubre de 2012

Feliz Cumpleaños



“Gol de River. Un tal Saviola, que no conozco…” le dijo la abuela –sentada en el patio- a papá, que venía de adentro.  En la radio a pilas, seguramente de Estela, se escuchaba una voz que te capturaba en el relato de un partido de fútbol, y te llevaba en directo a esa cancha en Jujuy.
Un ruido como a fritura se interponía al relato y, con precisión de cirujano, la tía buscaba, desplazando el dedo índice sobre una ruedita de plástico el lugar justo del dial que permitiera la claridad en la voz del uruguayo que nos contaba lo que pasaba en un rectángulo de pasto, a más de 1000 km de ese patio de Gualeguaychú, que nos tenía al acecho, sentados en sillones de playa, entre el aljibe y las sombras de un naranjo y un limonero, con pocas frutas, pero frondoso y con muchos brotes de primavera. Esa búsqueda por la perfección en el sonido iba acompañada por una cara similar a la de alguien que está oliendo algún feo aroma. No sé por qué cuando intentamos escuchar con atención hacemos caras, como si lográramos captar mejor el sonido. Como última medida del ritual, se orientaba la radio de manera tal que las señales y por lo tanto, las voces, nos lleguen mejor.
“Qué bien se escucha Continental acá. En Uruguay no la engancho nunca”. Comentario repetido de papá cada domingo que visitábamos a Adela y las tías. María Rosa contestaba algo con tono de lamento, que seguro comenzaba con “Pero qué macana, che…” –o alguna frase por el estilo- y luego intentaba esbozar alguna explicación, sin conocimiento, pero con intención de consolar, de por qué Víctor Hugo no llegaba hasta Concepción del Uruguay. La respuesta de Estela era mucho más frontal y provocadora, generalmente esperando mi reacción:  “Y… En ese pueblito, qué podés esperar…”. En ese momento comenzaban las peleas, entre risas, con un representante de cada ciudad nombrando las virtudes de la suya y los defectos de la ciudad vecina, hasta que Adela la retaba a la tía por “pelear al chiquilín”.
Otra de las formas de pedir calma de la abuela era decir “¡Con juicio!”, con buen tono, pero con poca fuerza, para nuestra salvajada infantil. Porque mientras ella intentaba imponerse con sus dos palabras, y las repetía, Martín y yo pasábamos trenzados en unas cataratas de piñas y gritos que enturbiaban la calma que existía en la cotidianeidad de Neyra 180.
Creo, viéndolo de un poco más grande, que el fracaso en el pedido de la abuela, se debió a que nunca entendimos qué quería decir “¡Con juicio!”. Cuando empezamos a entender que lo que nos pedía era que seamos más calmos y sensatos en nuestro comportamiento –y no tenía nada que ver con abogados y martillos de madera como en las películas-, ya habíamos dejado de pelearnos, pero por una cuestión de físico.
En eso, supongo que era mucho más práctica la otra abuela, Angélica, optaba más por una actitud del “ojo por ojo” y en caso de que algún hermano mayor le haga algo a uno menor, ella intentaba devolverle con la misma moneda, a tal punto de que Martín haya tenido que pasar varios minutos debajo de la mesa, refugiándose de las garras de quien estaba cuidándonos hasta la llegada salvadora de mamá. Yo, a un costado, deseaba con ansias que la abuela pudiera devolverle lo que yo no había podido.
Otra de las opciones, mucho más lógica que pedirle juicio a dos insoportables, o de correrlo con una escoba debajo de la mesa, era la solución de la tía Rosa. Que, previo reto enfático pero en voz baja, agarraba la billetera grande que tenía, los anteojos de sol y las llaves (todavía no era tan común el celular), y nos llevaba a la plaza, a que nos cansemos un rato, nos subamos al cohete que en ese momento parecía altísimo y ahora no lo es tanto. O sino nos llevaba al parque Unzué, a patear un rato, mientras ella rememoraba a Marzolini. Al ser sólo dos, le pedíamos que juegue con nosotros, entonces, iba al arco o se paraba de wing derecho y tiraba lindos centros mientras uno de los dos esperaba para el cabezazo y el  otro se mantenía agazapado entre los dos cascotes que formaban el arco. Esto se extendía hasta que encontrábamos una manada de pibes que estuvieran jugando cerca nuestro, y nosotros nos acercábamos, nos parábamos a mirar atrás del arco, hasta que algún alma buena de los que estaba participando desde adentro nos invite a jugar.
Llegaba el aviso de las tías para irnos. Era la hora del mate y las facturas, o el pan dulce si la fecha era próxima al fin de año. Esto venía de la mano con el partido de River, que generalmente jugaba a las 5 de la tarde.
Asique en Gualeguaychú, que ayer cumplió 229 años, vivimos muchas victorias escuchadas por la magia de la radio y, entre otras cosas, el debut y gol de Saviola, hace 14 años, comentado por la abuela.

jueves, 11 de octubre de 2012

Con afecto...

Ruta 14. Famosa hace algunos años por ser "la ruta de la muerte". Pero yo tengo otros recuerdos. Sábado a la siesta. El sol pega por la ventana del Escort bordeaux que va cargado a presión entre gurises y bolsos; algo irresponsable, pero nada que nos impida cruzar los estrictos controles de la policía...
Esteban y Verónica chicos, en las faldas mía y de Martín respectivamente, Emi al medio. Ruido, peleas, gritos, pedidos de silencio. Todo eso durante la hora que duraba el viaje hasta Neyra 180, en Gualeguaychú. Pero había algo más. Una voz grave y potente trataba de sobresalir entre el barullo, como alquien que, estando bajo el agua, busca, tratando de estirar al máximo el cuello, la superficie.
Cada tanto una música, linda música de cortina, procuraba transmitir paz en el interior del Ford, con resultados ciertamente negativos; los mellizos volvían a alterar el ambiente con algun llanto, o alguna pelea de los otros tres integrantes del clan.
Papá, absorto escuchando la radio, sostenía una mueca en su cara, entre emotiva, nostálgica y tranquila (que se contradecía con lo que realmente pasaba adentro del vehículo).
Mamá intentando impedir que los llantos y peleas interrumpan ese momento que aquella voz provocaba, con sus relatos, en la cara de su marido.
Yo mirando una casa con techo a dos aguas, sola, al costado de la ruta, con una sigla en letras grandes que decía RML - Resonancia Magnética del Litoral. Consulté sobre la función de eso, y la respuesta del Vasco, para salir del paso, fue que "ahí vino Caniggia a hacerse la resonancia en la rodilla antes del Mundial". Quedé pasmado, aunque no sabía qué carajo era una resonancia, sí sabia quién era Caniggia, y me enorgullecía, me inflaba el pecho, que tan cerca de mi ciudad se haya hecho esa cosa rara el hijo del viento. De ahí en más, debo haber repartido la primicia, inocentemente, entre mis amigos y familiares, logrando sorpresa en unos y risas en otros.
Pasábamos el peaje, previas quejas al tipo de la boletería por ele stado de la ruta. Papá sostenía, y mamá asentía, que no se invertía nada de lo que se recaudaba. Y a esa edad para mí, era palabra mayor.
Ahora en la radio, unos señores, y alguna que otra mujer, llamaban y saludaban a este tipo del programa, con alegría algunos; otros emocionados, agradeciéndole por el momento que les hacía pasar, y recordando. Papá volvía a su actitud inicial...
En ese momento, me llamaba la atención, pero tampoco me interesaba mucho, no entendía esas sensaciones.
Con el tiempo, por trabajo o porque nosotros crecimos y teníamos otros intereses, los viajes de fin de semana a Gualeguaychú fueron disminuyendo, pero también en ese tiempo fui entendiendo lo que el tipo de voz gruesa contaba sobre lo que otros escribían, y así también, las sensaciones de mi viejo.
Así fue que conocí al Negro Fontanarrosa, a Soriano, a Galeano, y a Sacheri...
Entonces pude darme el gusto, algunos sábados de siesta, entre las cuchillas entrerrianas, de hacer silencio y, junto con mi viejo, trasladarme hacia esos lugares que nos llevaba el bueno de Apo, y ahí logré entender esa especie de sonrisa en la cara del Vasco...y la imité.

martes, 11 de septiembre de 2012

Feliz día....

A las del Jardín -que para mí sigue estando ahí, frente a la Plaza, que cortábamos para hacer diferentes actos-, porque fue el lugar donde pasé grandes momentos de mi primera parte de la infancia, yendo de la mano de "Chichuna", jugando entre donde hoy debe haber diferentes puestos administrativos con tipos manejando dinero virtualmente. Pero les quiero aclarar que, para los que fuimos parte de "Mi Patito", ahí siempre estarán su gran hall al que comunicaban todas las aulas, el patio arbolado, los canteros, las hamacas, los areneros, los cumpleaños y el cariño de todas las señoritas.
A los del otro jardín, ya en la escuela y con guardapolvo rojo, porque fue donde empecé a forjar amistades, que por suerte, hasta el día de hoy mantengo.
A las de la primaria, a 'Blanche' por inculcarme su amor por el francés -también le debo esto a Angélica-; a Laura, por su paciencia y dulzura para hacerme entender la importancia de los números; y a Elena, sin tanta paciencia y dulzura, pero con el mismo resultado.
A los de la secundaria; a Claudia, por profundizar en las Matemáticas con su rigidez y efectividad, y también por su gracia y sus estrategias jugando al truco con nosotros, en los momentos que se podía.
A la Lili, determinante -junto con mamá- a la hora de querer más a la Literatura y por enseñarme mucho de lo que puedo analizar al leer y escribir.
A todos los demás del secundario que me dejaron enseñanzas en las distintas materias, que ahora puedo llegar a olvidarme; y a los pocos que no me dejaron nada, de los que no me olvido, pero que también me enseñaron a darme cuenta que tenés que aprender a pensar por vos mismo.
A Gloria, importante para entender los números que no me cerraban en la escuela, y por su sentido del humor, daba placer ir a hacer ejercicios.
A Tito, por el Barefoot, su humor irónico y la capacidad para adaptarse a cada una de las edades y ser como uno más de mis amigos, para divertirse, y también a la hora de dar consejos.
A la Tía Rosa, por su docencia y amor para ser "tía/mamá", su imaginación y sus cuentos nocturnos en Neyra, que también marcaron mi vida.
A la abuela Queca, como dije, por ayudarme a estudiar francés, y por su fervoroso Urquicismo, que conservo, con menor fanatismo.
A Mamá, por casi obligarme al hábito de la lectura, por enseñarme a escribir sin errores y -si se puede decir- de forma coherente; y por empujarme para el lado de Arquitectura y de La Plata -ciudad- a la hora de decidir.
A Papá por enseñarme a ver fútbol y la importancia de mantener los lazos familiares.
Y por legarme el amor por River, que domingo a domingo marca, para bien o para mal, el transcurso de mi semana.

A tooooodos ustedes, y a los demás que me han enseñado cosas durante estos 22 años, les deseo ¡¡FELIZ DÍA DEL MAESTRO!!